El romance con el célebre pintor Diego Rivera, ocupa unos de los capítulos más interesantes de su vida, sus biógrafos cuentan 2 divorcios y tres casamientos, llenos de infidelidades y relaciones intermitentes por ambos lados. Sin embargo lo que es cierto es que a su modo fue una gran historia de amor y que ambos se querían profundamente.

Diariamente, cuando su salud lo permitía, le llevaba a su adorado “Sapo” el “almuerzo” al centro histórico desde el pueblo de Coyoacán. Incluso se cuenta que llego a pedirle ayuda a Lupe Marín (la ex esposa de Diego) para que le enseñara a cocinar sus platillos favoritos con la sazón que a él le gustaba.
Poco a poco fue dominando el arte de la cocina y constantemente a su casa llegaban invitados de la élite cultural de la época y quien conoce la Casa Azul, habrá visto la gran cocina de carbón, tan tradicional en México, en la que se preparaban los mas deliciosos platillos, usando molcajetes (morteros de piedra volcánica), ollas de barro, cucharones de madera y cómales.

Pero Frida la gran pintora también mostraba esa fascinación por la comida mexicana en sus naturalezas muertas, con frutas desbordantes, pintadas en formas sensuales o bien abiertas de tal forma que nos recuerdan órganos sexuales masculinos o femeninos.
En sus últimos años, quedó postrada en una cama donde siguió pintando estas naturalezas muertas. Y para 1954 realiza, la que quizá haya sido su última obra y que toca el tema de la dualidad de la vida y la muerte. Muestra un conjunto de sandías. En la pulpa de una de ellas, pintado en rojo escarlata se lee: Coyoacán, 1954, México y la leyenda que le da nombre al cuadro:
"VIVA LA VIDA".
Por Deidre Guevara y David Osnaya